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lunes, 16 de junio de 2014

Los Padres Coléricos y las repercusiones familiares...


Ejerce liderazgo sólido, establece metas, motiva su familia a actuar, sabe la respuesta correcta, organiza el hogar. 

Tiende a ser dominante, demasiado ocupado para dar tiempo a su familia, contesta demasiado rápido, se impacienta con los que no tienen buen desempeño, impide que los hijos se relajen, puede hacer que los hijos se depriman.


Debido a que el padre o madre autoritario instantáneamente se vuelve un comandante en jefe en cualquier situación, estar a cargo de la familia le parece algo natural. Todo lo que tiene que hacer es alinear las tropas y dar órdenes. Todo suena muy simple. Los coléricos creen que si todos hicieran las cosas a su manera (de inmediato) todos vivirían felices para siempre. El padre colérico esta acostumbrado a dar ordenes firmes en su mundo laboral sin que nadie lo contradiga y espera lo mismo en casa.
Una madre colérica casada con un hombre apacible flemático que no soñaría ni siquiera  en estar en desacuerdo con ella, controla a la familia con firmeza y sus rápidas decisiones por lo general son correctas. El hogar con padres autoritarios casi siempre es metódico y marcha a paso veloz, a menos que alguien entre en insurrección.
El hogar no solo está bajo control, sino que el padre colérico es el que realiza el trabajo aunque sea durante sus horas de esparcimiento. A este individuo no le gusta descansar y considera que relajarse es un pecado que debe evitar. Cree también la mayoría de las veces que criar a un niño es darle todo lo material que necesite, estudios, moralidad pero se olvida de darle de su tiempo y de demostrarle amor, con aceptación, halagos y contacto físico. No entiende que la parte emocional de sus hijos es en lo que más debe trabajar ya que su naturaleza colérica tiende a ser poco emocional.
Estos padres tienden a ser  Padres Autoritarios y una de sus debilidades es que espera obediencia instantánea de todos los que lo rodean.
Si tú  eres un padre colérico debes aprender a aceptar las diferencias, y no solo insistir en hacer las cosas a “mi manera”, de esa forma la familia se podrá relajar lo suficiente como para disminuir la tensión que con frecuencia trae al hogar la presencia de un padre colérico. Debes reconocer que las tres cuartas partes de la población no tienen la manera de conducirse del colérico, su empuje, su brío, su persistencia y el amor por el trabajo, aunque esto no significa que los demás estén equivocados, solo que son diferentes. Los coléricos son tan porfiados y auto-suficientes que pocas veces comprenden sus debilidades.

Los padres somos enormes

A nadie sorprenderá que me declare en contra de las corrientes de crianza que ven al niño como un pequeño demonio manipulador y egoísta que solamente quiere tomarnos la medida y que, si no ponemos en vereda, se nos va a comer vivos y terminará levantándonos la mano si no se la levantamos a tiempo.
Quizá hemos olvidado lo pequeños que son los niños. Imaginemos que alguien de quien dependemos totalmente, absolutamente tanto en lo emocional como en lo que se refiere a nuestra propia supervivencia pierde el control y nos amenaza.
No hace falta que la amenaza sea de una violencia incuestionable. Bastaría con un grito o una palabra de odio o desprecio, o la amenaza de dejarnos de amar o el decirnos que no valemos nada. Simplemente el que esa persona tan importante para nosotros, de la que recibimos la imagen de nosotros mismos, nos culpabilice directamente de su descontrol, para que todo el entramado de nuestra autoestima se desmorone.
Además, esa persona a la que amamos con locura, que nos grita airado y nos levanta la mano, aunque no la llegue a dejar caer, es enorme. Y cuando digo enorme, quiero decir enorme. Esa persona mide y pesa hasta dos, tres o cuatro veces lo que nosotros. Para un niño pequeño nuestra mano es más grande que su cara. Imaginad que un gigante de cinco metros os chilla y agita su enorme mano delante de vuestros ojos. Yo me moriría de miedo. Pues ese miedo sienten los niños cuando un adulto se alza airado y amenazante ante ellos llevado por la cólera.
Una vez asumido que debemos aprender a controlar la ira hacia los niños, sean estos causa directa o víctimas indefensas de nuestras frustraciones por otras causas, podemos dar el paso para aprender técnicas de control.

Cuando las tensiones son enormes

Cada persona es diferente y también son diferentes las circunstancias vitales. Ahora mismo hay muchos padres y madres sometidos a enorme presión: la de la crisis que ahoga hasta no ver salida, la de la escasez económica, la de los horarios eternos y el agotamiento, la de la soledad y la falta de ayuda del entorno. Precisamente porque estamos bajo fuertes presiones que hacen que todo se nos haga tan cuesta arriba, es necesario aprender a controlar la ira que nos puede llegar a todos.
Y además, puede suceder, que ese niño termine por asumir como normales esas reacciones y las copie. Cuando los padres acostumbran a gritar o pegarle a sus hijos no se deberían asombrar si los niños repiten esas conductas. O peor, llegan a ser indiferentes a ellas y se las devuelven o las ejercen sobre otros.

Autoconocimiento y autocontrol

Todos los padres se han sentido superados en alguna ocasión, sea por la situación vital externa, sea por una dinámica familiar complicada. Sin embargo, en cualquier caso, podemos ejercer un control sobre nuestras reacciones violentas por medio del autoconocimiento.
Hemos explicado que la ira es una respuesta normal del ser humano cuando se siente amenazado o frustrado. Además del daño que nos produce a nosotros mismos a nivel circulatorío, hormonal y psicológico, también puede dañar a los demás, especialmente a nuestros hijos. Y eso no lo queremos seguro.

Autoanálisis

Si sentimos que la ira nos desborda debemos hacer un ejercicio para comprendernos mejor. Una buena idea es escribir las situaciones que nos producen ira, identificando, tranquilos, las verdaderas causas de ese sentimiento, aislándolas, para poner cada cosa en su lugar. A veces no es el niño el causante, sino el trabajo, la actitud de nuestra pareja, las preocupaciones de salud o económicas o una mala gestión de nuestro tiempo.
Y cuando creemos que realmente es algo que hace nuestro hijo podemos, al analizar tranquilamente lo que nos altera, identificar si hay algo en nuestras pautas de crianza o en su entorno que lo está alterando: la llegada de un hermano, una prematura escolarización, problemas en el colegio o alguna situación que los desborda. Sobre todo, en este proceso, hay que ser autocríticos sin caer en la culpabilización. Identificar el problema no es motivo para hacernos daño, sino para encontrar fuerzas y soluciones.

Descargar la frustración sin gritos

Una buena forma de descargar la frustración son las lágrimas. No temamos llorar si algo no va bien. Descargar los sentimientos negativos de esta manera, llorar si lo necesitamos, no es malo, nos ayuda a recuperarnos. Pero evitemos llorar delante de los niños. Hagámolos acompañados de un amigo, de la pareja o incluso solos.
O, además, busquemos técnicas o ejercios que nos ayuden a canalizar la frustración: deporte, yoga o meditación.

Empatía y respeto, la gran receta

Ejercitar la empatía es una fórmula igualmente valiosa para encauzar la frustración antes de que la ira nos ciegue. Es un proceso trabajoso si no estamos acostumbrados, y, aunque si aprendemos a respirar hondo y obligarnos, casi, a hacerlo antes de estallar, todavía funciona mejor si lo hacemos cuando estamos relajados, tratando de entender las causas del comportamiento del otro que tanto nos ha alterado.
Otra idea es la de esforzarnos en entender que el mismo respeto que esperamos que se nos tenga a nosotros los demás también tienen derecho a recibirlo. Basta, a veces, con tener muy claro conscientemente esto, para que nuestras reacciones violentas se detengan. Hacia nuestros hijos no podemos hacer nada que consideraríamos intolerable o dañino hacia nosotros mismos.

Parar a tiempo

Reconocer nuestras sensaciones físicas nos va a dar un claro indicador de que la ira nos va a desbordar. Debemos estar atentos a señales como el pulso acelerado, dolor de cabeza, dolor de estómago, irritabilidad y tensión muscular para pararnos a tiempo.
Antes de ver como la ira se desencadena es mejor tomarnos un respiro, relajarnos y mirar la situación desde fuera, identificando lo que nos molesta y expresándolo de forma más asertiva. A veces, este tiempo de reflexión nos permitirá descubrir que lo que nos hace sentirnos atacados no es lo que el niño hace, sino otras circunstancias de las que él no es la causa, o, sencillamente, entender, que es inocente y mucho más vulnerable que nosotros mismos.
Un último consejo es observar las reacciones que tienen los niños ante nuestras propias actitudes. Enfadarnos y gritar puede que pare su comportamiento, pero no va a cambiar su estado general ni le hará entender bien lo que esperamos. Las explicaciones, la paciencia, la distracción y el cariño darán, sin duda, muchos mejores resultados.
La ira de los padres es una bomba de relojería para los hijos

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